clima

-

lunes, 30 de julio de 2018

Implantan electrodos en el cerebro de los pacientes y consiguen mejorías


Un equipo médico de Cataluña obtuvo resultados preliminares esperanzadores contra la anorexia tras probar una terapia no convencional que consiste en insertar electrodos en el cerebro de los pacientes para estimularles periódicamente áreas clave del encéfalo. Tras la operación, la mayoría de los enfermos empezó a recuperar peso y mejoró en otros aspectos de la problemática.

La electroestimulación profunda, una técnica que se usa hace dos décadas para tratar el mal de Parkinson, se puso a prueba en el Hospital del Mar de Barcelona con cuatro personas que tenían cuadros graves de anorexia, con al menos diez años de evolución.

Estas personas, que no habían respondido a tratamientos habituales, empezaron a hacerlo cuando recibieron estímulos en zonas de sus cerebros que tenían especialmente alteradas.

El tratamiento no apuntó a devolverles el apetito (los electrodos no lo generan) ni a evitar que se "purguen", sino a mejorar su depresión, sus obsesiones y su tendencia a mantenerse aislados, sin amigos ni trabajo. Y el mayor indicador de su éxito fue que, en general, subieron de peso.

“En tres casos la respuesta es positiva y el otro paciente, que lleva siete meses con los electrodos insertados, de momento no responde. Nos damos de plazo hasta el año”, explica la neurocirujana Gloria Villalba, quien lidera la prueba.

El ensayo pretende precisar si la estimulación profunda en dos zonas del cerebro mejora sustancialmente el estado de estas personas. Una de las áreas es el cíngulo subgeniculado, relacionada con el estado de ánimo. “Es el centro de unión entre el sistema límbico, que en pacientes con anorexia nerviosa funciona mal, y otras estructuras cerebrales. Genera y recibe serotonina, y una de las hipótesis es que la desregulación de ese sistema serotoninérgico sea una posible causa biológica de la enfermedad”, añade Villalba.

Esa fue la estrategia con los pacientes con anorexia restrictiva, la que se basa en reducir al máximo la ingesta de alimentos. El otro grupo sufre anorexia purgativa: toman cantidades enormes de laxantes y diuréticos, pueden darse atracones y luego "purgarse" y tienen una conducta más obsesiva que depresiva.

“Asociamos este tipo de anorexia al núcleo accumbens, que es una zona clave en las conductas compulsivas. Es el centro dopaminérgico por excelencia y se cree que la causa biológica de la anorexia nerviosa es una desregulación del sistema dopaminérgico”, dijo la investigadora.

No ha sido fácil reclutar a los voluntarios y siguen haciendo entrevistas para continuar el estudio con otros cuatro. Además de la gravedad y la cronicidad de su enfermedad, se impusieron mínimos y máximos en el peso. Los mínimos, para que aguantaran la operación y tuvieran suficiente piel sobre los electrodos y el estimulador. Los máximos, para demostrar su eficacia en la peor situación. Pero los pacientes que mejor se adecuaban al patrón sentían pánico de engordar o su sufrimiento les impedía hacerse a la idea del beneficio que podría reportarles.

Los que se ofrecían, en cambio, comprendían el beneficio y los riesgos de colocarse dos electrodos y un cable del cuello hasta la panza (donde se se instala el estimulador), pero no eran los que estaban peor. Los cuatro finalmente reclutados son dos de Cataluña y dos del resto de España.

“Empezamos con poca intensidad y vamos aumentando hasta encontrar el punto de cada uno”, cuentan los investigadores. ¿Los resultados? Subieron de peso, volvieron a tener relaciones sociales, algunos han encontrado trabajo y disminuyeron la ansiedad. “Algunos nos dicen gráficamente ‘cómo no lo he hecho antes’, porque su vida ha dado un vuelco”, señala Villalba.


0 comentarios:

Publicar un comentario

Salud