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lunes, 10 de septiembre de 2018

Familias de tránsito: una tarea silenciosa, que deja una marca imborrable


La mirada de la psicóloga Fabiana Alejandra Isa sobre el rol de quienes reciben a un bebé que espera ser adoptado.

El vínculo entre el bebé o niño y la familia de acogimiento se va construyendo, al igual que toda otra relación intersubjetiva. Dicha construcción implica tiempo y una importante disponibilidad afectiva por parte de los adultos que lo reciben, quienes deberán estar dispuestos a dejar de lado sus propias necesidades y estar atentos para ir decodificando lo que el niño necesita. Esta función primaria de “traducción” es el soporte vital de todo infante, ya que por su prematurez emocional requiere para sobrevivir de ese otro significativo que lo mire, le hable, lo acaricie, lo calme y le trasmita seguridad y afecto mediante un amoroso cuidado.

Este circuito tan complejo se va desarrollando en cada historia de crianza, si no sucede ningún acontecimiento que interrumpa esta secuencia.

Para un recién nacido y antes de sus tres meses, la continuidad de los cuidados y la permanencia de las mismas figuras primarias de apego son fundamentales para su estructuración psíquica. Es por ello que desde nuestra disciplina tenemos la preocupación respecto de cómo lograr disminuir el impacto de las separaciones tempranas en los niños que están privados del cuidado de sus padres. Y entendemos que dentro de las opciones de cuidado transitorio, el acogimiento familiar es una buena herramienta que posibilita evitar las discontinuidades de los cuidados tempranos y abre la vía para que ese niño reciba intervenciones subjetivantes, es decir aquellas que posibilitan su saludable desarrollo psico-emocional.

Paradójicamente la función de estas familias es tan significativa en la vida del niño y a su vez está destinada a ser olvidada. Ellos dan a ese niño su amor y su tiempo en familia y asumen que su tarea dejará marcas significativas pero que necesariamente deberán dejarlo partir. Lo cuidan y lo aman por un tiempo con la grandeza de saber que ese niño volverá con su familia de origen o con una nueva familia que lo adoptará. Es una tarea silenciosa, pero de una entrega conmovedora.

Y finalmente de eso se trata, amar es también dejar partir.


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