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lunes, 3 de diciembre de 2018

La encrucijada de “cortar y pegar” en la genética humana


¿Qué diferencia hay entre tomar un fármaco para curar una enfermedad, someterse a una cirugía para reparar tejido averiado, participar voluntariamente de un experimento en el que alterarán el ADN de células deficientes, o permitir (bajo la promesa de que así se evitaría todo lo anterior) que modifiquen la información genética de unos embriones? ¿Son grises dentro de la misma escala? La comunidad científica dice que no, que una cosa es todo lo primero y otra distinta es tocar genéticamente esas células “primeras”, las que surgen de la unión entre el óvulo y el espermatozoide. Porque, aunque se desconocen los efectos reales, se sabe que los cambios serán heredados por futuras generaciones. Y ésta es una puerta que nadie quiere abrir.

Salvo He Jiankui, el temerario científico chino que esta semana se ganó el desprecio mundial cuando anunció que –por fuera de toda regulación china- había editado bebés genéticamente, algo que, en respeto a los principales protocolos de bioética, nadie hace. O sea, trastocar el ADN de embriones, en este caso puntual, para que resistan el contagio del VIH sida. Resultado de ese experimento, He Jiankui asegura que ya nacieron un par de gemelas y que hay otro embarazo en curso
Aclaremos la jerga. Por un lado existe (siempre en fase experimental) la llamada edición genética de células somáticas: sacan células “problemáticas” del organismo, les insertan o modifican una secuencia genética faltante o deficiente, y las inyectan otra vez. Este cambio “muere” con la persona, o sea que no pasa a su descendencia.

Además está la edición genética de células germinales(el caso del científico chino), un procedimiento que, al menos en humanos, es rechazado por la comunidad científica. Ahí el cambio se hace en el ADN de los gametos o del propio embrión, y es hereditario. 

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